miércoles, 26 de diciembre de 2007

GUADIX DESDE EL CORAZÓN

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Como una bolita de nieve era la figura que había dibujado en el cristal de la ventanilla, el vaho expulsado por los labios carnosos de la joven, que procuró concentrarse en la blanca opalescencia para recrearse en una visión íntima del espacio exterior. Las pupilas transformadas en objetivos prismáticos y acompasadas a ritmos de ópera par, espectraban la luminosidad de los últimos rayos de un sol para el otoño.

El frío ya era imperceptible al envolverse entre aquellas nubes de seda rosada y los reflejos cálidos de la arcilla, modelada por relieves de belleza desordenada, en los cerros de la hoya que se dormía entre montañas. ¡Era tan hermoso aquel lugar, que todo su cuerpo se anestesiaba para dar paso entero a la actividad de su alma!

Afuera estaba ella, y no enclaustrada en el intenso olor agrio del combustible que propulsaba el autocar, ni sentada junto al anciano cuerpo que emitía aquellos ronquidos confusos y temerosos ante el estruendoso trabajo del motor de explosión del viejo vehículo, del incómodo transporte al que tanta gratitud le profesaba la joven.

Ya era la tercera vez que su alma de artista, se le desataba del cuerpo para buscar el abrigo de aquellas tierras orientales, de aquel paisaje protegido por la Gran Madre blanca del monte Solarius, la que los demás reconocían y siguen reconociendo como la Sierra Nevada. ¿Qué era eso de nevada?, tambien la nieve cubría muchas montañas tan altas como aquellas, y la mantenía más dilatadamente en el tiempo estacional inventado por los hombres. ¿Y el sol? ¿Por qué no se maravillaban del resplandor mágico y acariciante del sol depositado en su mineralizada piel?. En aquel momento inolvidable, la nieve tan solo parecía una diadema de brillantes, digna de coronar a la hembra más hermosa.

La nevada tal vez caería cuando avanzase el invierno y, no obstante, el sol estaba compartiendo sus días con ella casi siempre, como un poderoso y fiel acompañante, dispuesto a defenderla hasta su muerte. En aquel instante, era el sol quien creaba una estampa inolvidable, plena en su ternura regalada a la tierra. Era el sol, el amante más fiel que besaba a la sierra.

Ella nunca la llamaría así, reconoció para sí misma; sabía que Plinio el Viejo como admirable estudioso de la naturaleza ya había visto y sentido lo mismo que su alma en aquel mismo lugar, a veinte siglos por delante, implorando la bendición de la madre universal sobre toda su ardua tarea intelectual. ¡Claro que sí!, Plinio tambien se quedó pasmado ante aquella fortaleza natural que protegía el asentamiento de Julia Gemela Acci. Se lo había contado su maestro ilustrado en el mundo romano, tan doctamente como pudo, entre comentarios estoicos y difíciles de comprender, para una mente de mujer con tan poca edad. Pero ella escuchaba siempre, con especial interés, todo cuanto aseveraban las lenguas de los librepensadores.

Le hacía mucho bien aquella visión apacible y honesta de la vida, aquella sensibilidad contenida en el estudio de lo natural sin tener miedo de las creencias extrañas, tan contrarias a la razón. ¡Era tan feliz al poder reflexionar sobre sus sentimientos con entera libertad!.

Por desgracia para la cultura y a lo largo de la Historia de la humanidad, abundaron los estudiosos para el conocimiento de lo misterioso y las prácticas mágicas, con las que pretendieron dominar los secretos de la naturaleza; siendo muy inferiores en número aquellos cuya moral buscaba ser grata a los demás y al mundo generoso de lo natural.

¡La superstición siempre había sido un buen argumento para que unos cuantos ejercieran un poder desmedido y cruel sobre los más ignorantes e irracionales!. Por esa razón, la joven se esforzaría siempre en adquirir sus conocimientos en orden a las “verdades universales”, entre las que se encontraba el Arte. Lo que no conseguía comprender todavía, lo que le alarmaba ingenuamente era el rechazo que casi todos los librepensadores sufrían entre sus semejantes, tan solo por ser genuinos e independientes en su modo de experimentar la vida.

El camino se hacía solo y este razonamiento la inquietaba inesperadamente, la trasladaba a las entrañas de aquella antigua ciudad que asomaba sus edificios antañones entre los lomos de barro sedimentario, lamido y arañado caprichosamente por las fieras de lo sucedido. Temió entonces que las personas que habitaran en aquella depresión geográfica pudieran ser miserables y ruinosas. Almas ajenas a la voluptuosidad de aquel paraje natural tan conmovedoramente insólito.

Pero ¡que tontería sería esa!. Seguro que se trataba tan solo de los temores propios de una púber, a la que se le había escapado el alma varias veces, para campar a sus anchas entre la pureza firme de las fuentes de inspiración y las vibraciones estúpidas a las que se sometía el cuerpo que debiera contenerla, en el apestado asiento de un medio de transporte público, tan incómodo como necesario para volver a pasear por el límite de un paraiso, por el entorno inherente a un contacto natural tan precioso.

Despues ocurrió que, su vaho y su embelesamiento, tan redondos y brillantes como una bola de nieve, se disiparon al mismo tiempo. ¡Ya habían logrado su cometido mágico hechizando a la joven artista para siempre!
Publicado por a-guil @ 23:02 | 0 Comentarios | Enviar

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